Se recostó en la tumbona y se pasó los dedos por el pelo corto y revuelto. ¡Cielo santo! ¿Cuánto tiempo podría seguir soportando las pesadillas? Hacía más de ocho meses que Albert Stucky la había atrapado en una fábrica abandonada, en Miami. Llevaba dos años tras él, estudiando sus pautas de comportamiento, analizando sus hábitos depravados, practicando autopsias a los cadáveres que dejaba tras de sí y descifrando los extraños mensajes del juego macabro que él solo había decidido que jugaran los dos. Pero aquella calurosa noche de agosto, él había ganado: la había acorralado y la había obligado a mirar. No tenía intención de matarla. Sólo quería que mirara.

Maggie sacudió la cabeza, deseando ahuyentar aquellas imágenes. Sabía que podía mantenerlas a raya mientras permaneciera despierta. Albert Stucky había sido capturado esa sangrienta noche de agosto, sólo para escapar de prisión el día de Halloween. El jefe de Maggie, el director adjunto del FBI Kyle Cunningham, la había sacado inmediatamente del caso. Maggie era uno de los mejores criminalistas del cuerpo y, sin embargo, Cunningham la había puesto tras una mesa. La había condenado a dar conferencias sobre seguridad, como si el más absoluto aburrimiento fuera de algún modo un escudo protector contra aquel demente. Para ella, era más bien un castigo. Un castigo que no creía merecer.

Se levantó y al instante notó, enojada, que le flaqueaban las rodillas. Pasó entre el barullo de cajas y se acercó al aparador del rincón. Miró el reloj del escritorio y vio que faltaban aún dos horas para que llegaran los de la mudanza. Dejó la pistola a mano, rebuscó en el aparador y sacó una botella de whisky escocés. Al servirse un vaso, notó que ya no le temblaban tanto las manos y que su ritmo cardíaco se había acompasado.



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