
En ese instante oyó un agudo gemido proveniente de la cocina. ¡Dios! Se hundió las uñas en el brazo y sintió su aguijoneo, pero saber que esta vez estaba despierta no consiguió calmarla. Asió la pistola y trató de controlar el temblor de su pulso, que ya se había desbocado. Se acercó a la cocina pegándose a la pared, intentando aguzar el oído y olfateando el aire. El gemido cesó cuando llegó a la puerta.
Se preparó, afianzó los brazos y los acercó al pecho. Su dedo presionó levemente el gatillo. Esta vez, estaba preparada. Respiró hondo, irrumpió en la cocina y apuntó directamente a la espalda de Greg. Él se giró, dejando caer la lata de café recién abierta, y saltó hacia atrás al tiempo que ésta se estrellaba contra el suelo.
– ¡Maldita sea, Maggie! -sólo llevaba puestos unos calzoncillos de seda. Tenía el pelo rubio, normalmente repeinado, de punta, y parecía que acababa de levantarse de la cama.
– Perdona -dijo Maggie, intentando ansiosamente que el pánico no aflorara a su voz-. Anoche no te oí entrar -se metió la Smith amp;Wesson del calibre 38 en la parte de atrás de la cinturilla de los vaqueros con un ademán espontáneo y natural, como si aquello formara parte de la rutina de cada mañana.
– No quise despertarte -farfulló él con los dientes apretados. Había empuñado ya un cepillo y un recogedor y estaba barriendo aquel pequeño desaguisado. Recogió cuidadosamente la lata, rescatando la mayor cantidad posible de su café de gourmet-. Cualquier día me vas a pegar un tiro por error, Maggie -entonces se detuvo y la miró-. O quizá no sería por error.
Ella ignoró su sarcasmo y pasó a su lado. En el fregadero se mojó la cara y la nuca con agua fría, confiando en que Greg no notara que aún le temblaban las manos. Pero no tenía de qué preocuparse. Greg sólo veía lo que quería ver.
– Lo siento -dijo de nuevo, dándole la espalda-. Esto no ocurriría si hubiéramos puesto un sistema de alarma.
