– Y no necesitaríamos un sistema de alarma si dejaras tu trabajo.

Maggie estaba cansada de aquella vieja discusión. Tomó una bayeta y limpió los posos de café de la encimera.

– Yo nunca te pediría que dejaras de ser abogado, Greg.

– No es lo mismo.

– Ser abogado significa para ti lo mismo que para mí ser agente del FBI.

– Pero a mí no me apuñalan, ni han estado a punto de matarme por ser abogado. Ni tengo que andar de puntillas por mi propia casa con una pistola cargada y casi pegarle un tiro a mi cónyuge -devolvió el cepillo a su sitio y cerró el armario.

– Bueno, supongo que de eso no tendrás que volver a preocuparte a partir de hoy -dijo ella suavemente.

Greg se quedó inmóvil. Sus ojos grises se clavaron en los de ella y por un instante pareció triste, casi arrepentido. Luego apartó la mirada y agarró la bayeta que Maggie había dejado a un lado. Limpió la encimera con movimientos cuidadosos y deliberados, como si ella lo hubiera defraudado hasta en aquella tarea insignificante.

– ¿Cuándo llegan los de United? -preguntó él como si hubieran organizado juntos la mudanza.

Ella miró el reloj de pared.

– A las ocho. Pero al final no he llamado a United.

– Maggie, con las empresas de mudanzas hay que andarse con mucho ojo. Te pueden estafar. Deberías saber que… -se detuvo de pronto, recordando que aquello ya no era asunto suyo-. En fin, haz lo que quieras -comenzó a llenar la cafetera con cucharadas precisas, niveladas, y frunció los labios para contener la reprimenda que, en otras circunstancias, habría desatado sobre ella.

Maggie lo observaba prediciendo todos sus gestos. Sabía que llenaría el recipiente de la cafetera hasta la marca de las tres tazas y que lo alzaría hasta el nivel de los ojos para comprobar que la medida era la exacta. Conocía bien aquella rutina cotidiana, y sin embargo se preguntaba cuándo se habían convertido en extraños. Después de casi diez años de matrimonio, ni siquiera se concedían el uno al otro los cumplidos de la amistad. Por el contrario, cada una de sus conversaciones parecía darse con los dientes apretados.



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