
Maggie se dio la vuelta y volvió al cuarto de estar, confiando sin convicción en que Greg no la siguiera. Esta vez, no. No podría soportar aquel día si él continuaba poniéndole mala cara o, aún peor, si recurría a decirle que todavía la quería. Aquellas palabras debían haber sido un consuelo; sin embargo, habían llegado a convertirse en un afilado puñal, sobre todo cuando Greg añadía tras ellas: «Si me quisieras, dejarías tu trabajo».
Regresó al aparador de los licores, donde había dejado su vaso de whisky. El sol apenas se había alzado, pero ella necesitaba ya su dosis diaria de coraje líquido para encarar el día. Su madre estaría orgullosa. Al fin tenían algo en común.
Observó la habitación mientras bebía. ¿Era posible que aquellas cajas apiladas fueran la suma de su existencia? Se pasó una mano por la cara, sintiendo el agotamiento que parecía haberse instalado permanentemente en sus huesos. ¿Cuánto tiempo hacía que no dormía una noche entera? ¿Cuándo se había sentido segura por última vez? Estaba harta de sentirse atrapada al borde de un precipicio, cada vez más cerca de la caída.
El director adjunto Cunningham se engañaba si creía que podía protegerla. Él no podía ahuyentar sus pesadillas, y no había ningún lugar donde pudiera mandarla lejos del alcance de Albert Stucky. Maggie sabía que, tarde o temprano, Stucky iría tras ella. Habían pasado cinco meses desde su huida, pero aun así Maggie lo sabía con toda certeza. Tal vez pasara un mes, o cinco. No importaba cuánto tiempo transcurriera. Stucky iría por ella.
Capítulo 2
Tess McGowan deseó haberse puesto otros zapatos. Aquéllos tenían los tacones demasiado altos y la apretaban.
