
Tess odiaba llamar la atención y temía los silbidos lobunos de los hombres. Sobre todo, en aquel vecindario de clase alta en cuyo silencio, semejante al de un templo, sonarían aún más obscenos.
Aquello era ridículo; la blusa de seda se le pegaba al cuerpo, y la piel se le erizaba. Ella no era llamativa, ni guapa. En todo caso, tenía una figura decente que le costaba muchas horas de sudor en el gimnasio, y aun así tenía que controlar férreamente su debilidad por las hamburguesas con queso. No era precisamente una de esas chicas que aparecían en el póster central del Playboy, de modo que ¿por qué se sentía de pronto desnuda a pesar de ir vestida con un recatado traje chaqueta?
No era por culpa de los hombres. Ni siquiera eran sus miradas instintivas lo que la turbaba, sino su propio reflejo involuntario de exhibirse ante ellos. Al igual que el olor de los cigarrillos y el whisky, aquella insidiosa costumbre le recordaba su pasado, y, en cuanto se descuidaba, se sorprendía pensando en las canciones de Elvis en una máquina de discos, seguidas casi siempre de una habitación en un hotel barato.
Pero de eso hacía una eternidad; ciertamente, demasiados años como para hacerla tropezar ahora. A fin de cuentas, iba camino de convertirse en una próspera mujer de negocios. Así pues, ¿por qué demonios la atenazaba el pasado de aquel modo? ¿Y cómo era posible que algo tan inofensivo como unas cuantas miradas indiscretas de hombres a los que no conocía pudiera desbaratar su aplomo y hacer que se cuestionara la respetabilidad que tanto le había costado ganar? Aquellas miradas la hacían sentirse como una impostora. Como si, de nuevo, pretendiera ser lo que no era. Cuando al fin llegó ante la entrada principal, tenía ganas de darse la vuelta y huir. Pero respiró hondo y llamó a la pesada puerta de roble, que alguien se había dejado entreabierta.
