– Adelante -dijo enérgicamente una voz de mujer tras la puerta.

Tess encontró a Maggie O'Dell delante del panel de botones y luces parpadeantes del sistema de seguridad recién instalado en la casa.

– Ah, hola, señorita McGowan. ¿Se nos olvidó firmar algún papel? -Maggie se limitó a mirar a Tess mientras pulsaba los botones del pequeño tablero y continuaba programando la alarma.

– Por favor, llámeme Tess -vaciló un momento, por si acaso Maggie quería hacerle el mismo ofrecimiento, pero no la sorprendió su silencio. Sabía que Maggie no era antipática; simplemente, prefería mantener las distancias. Tess podía ponerse en su lugar; entendía su actitud, y la respetaba-. No, no hay más papeles. Se lo prometo. Sabía que hoy era la gran mudanza. Sólo quería ver cómo iba todo.

– Eche un vistazo por ahí. Yo casi he acabado con esto.

Tess cruzó el vestíbulo y entró en el cuarto de estar. El sol de la tarde llenaba la habitación, pero por suerte las ventanas estaban abiertas y una brisa fresca del sur desalojaba el aire caliente y enrarecido. Tess se secó la frente, molesta al encontrarla húmeda, y observó a su clienta por el rabillo del ojo.

Sí, aquella mujer sí que merecía que los hombres se la comieran con los ojos. Tess sabía que debía de tener más o menos su misma edad: poco más de treinta años. Pero, desprovista de los severos trajes que solía llevar, Maggie podía pasar fácilmente por una estudiante universitaria. Vestida con una vieja camiseta de la Universidad de Virginia y unos vaqueros gastados, lograba ocultar su atlética figura. Poseía una belleza natural imposible de fabricar con artificios. Su tez era lisa y blanca. Su pelo negro y corto brillaba pese a estar revuelto y enredado. Tenía los ojos de un hermoso color marrón y altos pómulos por los que Tess habría matado. Sin embargo, Tess sabía que los hombres que momentos antes se había detenido en sus pasos para mirarla, no osarían hacer lo mismo con Maggie O'Dell aunque quisieran y, sin duda, les costara un gran esfuerzo.



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