
Sí, aquella mujer tenía algo. Algo que Tess ya había notado el día que se conocieron. No podía describirlo con precisión. Era su porte, ese modo de parecer a veces completamente ajena al mundo que la rodeaba. El modo en que parecía ignorar por entero el efecto que causaba sobre los otros. Era algo que invocaba (no, que exigía) respeto. A pesar de sus trajes de diseño y de su lujoso coche, Tess nunca podría incorporar esa habilidad, ese talento suyo. Y, sin embargo, pese a todas sus diferencias, Tess había sentido una inmediata afinidad respecto a Maggie O'Dell. Las dos parecían muy solas.
– Perdone -dijo Maggie finalmente acercándose a ella. Tess se había aproximado a las ventanas que daban al jardín trasero-. Voy a quedarme aquí esta noche -explicó-, y quiero asegurarme de que la alarma esté a punto.
– Por supuesto -Tess asintió y sonrió.
Maggie se había mostrado más preocupada por el sistema de seguridad que por los metros cuadrados o el precio de las casas que Tess le había enseñado. Al principio, ésta lo atribuyó a la naturaleza de su profesión. Los agentes del FBI eran sin duda más sensibles a los asuntos de seguridad que el comprador medio. Pero Tess había visto en los ojos de Maggie una mirada, un atisbo de algo que parecía fragilidad. No podía evitar preguntarse de qué quería guardarse aquella mujer segura de sí misma e independiente. A pesar de que permanecían la una junto a la otra, Maggie parecía hallarse muy lejos; observaba el jardín trasero como una mujer que buscara y esperara a un intruso, y no como la nueva propietaria de una casa que admirara la vegetación.
