Tess recorrió la habitación con la mirada. Había numerosas cajas apiladas, pero muy pocos muebles. Tal vez los operarios acabaran de empezar a meter las cosas más pesadas. Se preguntó qué habría podido sacar Maggie del piso que compartía con su marido. Sabía que los trámites del divorcio se estaban complicando. Aunque, por supuesto, su clienta no se lo había contado.

Todo cuanto Tess sabía de Maggie O'Dell procedía de una amiga común, la abogada de Maggie, quien le había recomendado a ésta los servicios de Tess. Era aquella amiga común, Teresa Ramairez, quien le había hablado a Tess del marido de Maggie O'Dell, un abogado amargado, y le había contado que Maggie necesitaba invertir en una buena propiedad inmobiliaria, o se arriesgaba a compartir (o quizá incluso a perder) una sustanciosa cantidad de dinero que figuraba a su nombre. En realidad, Maggie O'Dell no le había confiado nada a Tess, más allá de las formalidades necesarias para cumplimentar la transacción. Tess se preguntaba si el mutismo y la reserva de Maggie eran un imperativo de su profesión que había transferido asimismo a su vida privada.

En cualquier caso, no la molestaba. Tess estaba acostumbrada a lo contrario. Normalmente, sus clientes le contaban sus vidas con pelos y señales. Ser agente inmobiliario era en cierto modo como ser barman. Tal vez su agitado pasado fuera un buen bagaje, después de todo. Ella, desde luego, no se lo tomaba como algo personal. Por el contrario, comprendía la actitud de Maggie. Era así justamente como ella manejaba su propia vida, sus propios secretos. Sí, cuanta menos gente supiera de su vida, tanto mejor.

– ¿Conoce ya a sus nuevos vecinos?

– Aún no -respondió Maggie mientras miraba los enormes pinos que bordeaban su propiedad como una fortaleza-. Sólo a esa mujer a la que vimos la semana pasada.

– Ah, sí, Rachel… eh… No me acuerdo de su apellido. Normalmente soy muy buena con los nombres.



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