
– Endicott -dijo Maggie sin esfuerzo.
– Parecía muy simpática -añadió Tess, aunque, por lo que había vislumbrado durante aquella breve presentación, se preguntaba cómo encajaría la agente especial O'Dell en aquel vecindario de médicos, congresistas, profesores universitarios y sus respectivas esposas, amas de casa llenas de prejuicios sociales. Recordaba haber visto a Rachel Endicott salir a correr con su blanquísimo labrador, ataviada con un chándal de diseño, unas costosas zapatillas y ni uno solo de sus rubios cabellos fuera de su sitio, ni una gota de sudor en la frente. Y, en cambio, allí estaba la agente O'Dell, con una camiseta dada de sí, unos vaqueros gastados y un par de Nikes grises que debería haber tirado hacía años.
Dos hombres se abrieron paso rezongando por la entrada principal con un enorme escritorio de cierre abatible. Maggie fijó de inmediato su atención en el escritorio, que parecía increíblemente pesado y quizá también muy antiguo.
– ¿Dónde ponemos esto, señora?
– Allí, junto a la pared.
– ¿Lo quiere centrado?
– Sí, por favor.
Maggie O'Dell no apartó los ojos de los dos hombres hasta que el mueble fue cuidadosamente depositado en el suelo.
– ¿Así está bien?
– Perfecto.
Los dos hombres parecieron complacidos. El más mayor sonrió. El más alto y delgado evitó mirar a las mujeres y se encorvó, no por cansancio, sino como si se avergonzara de ser tan alto. Quitaron la cinta de embalar y retiraron los protectores de plástico de los muchos picos del mueble. El alto probó los cajones y se detuvo de repente, apartando la mano como si se hubiera quemado.
– Eh… señora, ¿sabe usted que tiene esto aquí?
Maggie cruzó la habitación y miró dentro del cajón. Extendió la mano y sacó una pistola negra guardada en una especie de funda.
– Lo siento. No me acordaba de ésta.
¿De ésta? Tess se preguntó cuántas armas tenía guardadas la agente O'Dell. Tal vez su obsesión por la seguridad fuera un tanto excesiva, incluso para un miembro del FBI.
