
– Qué interesante -dijo Molly, y cambió, de tema. Siguieron hablando durante unos minutos y luego Molly volvió a prometer que pensaría seriamente en la idea de ir a verla. Si no lo hacía, al menos le haría saber dónde estaba.
Después de la llamada de teléfono, tardó media hora más en terminar de hacer el equipaje. Luego, Molly arrastró la maleta hasta la sala de estar, se sentó en el sofá y se quedó mirándola. Bueno, ¿dónde podía ir? Quería huir de su vida durante una semana o dos, encontrar un lugar donde olvidar lo que había pasado y pensar en lo que haría en el futuro.
¿Un crucero? ¿Un viaje en tren a Nueva York? Tal vez podría ir a Acapulco y emborracharse durante una semana. Claro que una margarita bastaba para marearla, y dos la dejaban ya fuera de juego, así que emborracharse era prácticamente imposible. Necesitaba planear algo.
Sus ojos se posaron en el anillo. Movió la mano para que el oro centelleara. Incluso después de todos aquellos años, todavía recordaba la emoción de aquel momento, cuando Dylan le había dado el anillo. Claro que para él no había sido un gesto romántico. Había sido una manera de hacerle saber que no había olvidado la promesa que le había hecho. Cuando Molly se hiciera mayor, los dos partirían en busca de una aventura.
Mientras Molly contemplaba el anillo, una idea cobró forma en su cabeza. Era una tontería. Sería una locura si la llevaba a cabo, después de todo, habían pasado diez años. Ni siquiera la recordaría… ¿no? Se puso en pie.
– Al menos, puedo empezar por ahí -susurró-. Un lugar al que irme mañana.
Y necesitaba eso más que cualquier otra cosa. El resto, no importaba. Haría la locura de ir a visitar a Dylan Black, y luego ya pensaría qué hacer. Tal vez iría al norte a visitar a su hermana. No importaba. Lo único que quería era irse de allí y poder olvidar.
Dylan Black colgó el teléfono con fuerza y se quedó mirándolo con enojo. Evie, su ayudante, levantó sus cejas oscuras.
