– Destruir el material de la oficina no me parece muy productivo, pero a fin de cuentas, sólo soy una empleada.

Dylan se recostó en su asiento y la miró.

– Están haciendo el acuerdo tan atractivo que cuesta resistirse. No puedo decidir si voy a salir ganando o a vender mi alma al diablo.

– Si son el diablo, sus precios han subido. La mayoría de la gente que conozco vendería su alma por mucho menos que varios millones de dólares.

Dylan tenía que darle la razón. Pero claro, muchas personas ponían un precio demasiado bajo a su alma. No era estúpido, sabía exactamente por qué lo estaban tentando… querían lo que tenía y no tenían nada que perder. ¿Pero y él?

– Ya estás con esa mirada pensativa -dijo Evie, moviendo la cabeza-. Detesto cuando te pones así, así que voy a volver a mi mesa. Si necesitas algo, llámame.

– Lo haré, gracias.

Cerró la puerta al salir. Dylan giró en su sillón y se quedó mirando por la ventana. El desierto abrupto y seco de California se extendía más allá del complejo de una sola planta que era su oficina. Sus críticos decían que levantar su empresa de diseño de motocicletas, Relámpago Black, en pleno Riverside había sido un gran error. Pero el solar había resultado barato, disponía de buena mano de obra y Dylan podía disfrutar de los espacios abiertos. Hacía un calor infernal en verano y estaba a casi dos horas del aeropuerto de Los Ángeles, pero era un precio muy pequeño que pagar por su autonomía. Había invertido todo lo que tenía en aquella compañía. En menos de cinco años, había demostrado a los críticos que se habían equivocado. En aquellos momentos lo calificaban de visionario en su industria… el mago que marcaba la pauta de la moda. Entonces, ¿por qué estaba pensando en vender?

Ya sabía la razón, y no tenía nada que ver con la magia o con el diablo. Quería vender su compañía porque la oferta que le habían hecho era demasiado dulce como para dejarla pasar.



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