
Excepto por un detalle. El dinero y la oferta de trabajo iban acompañados de un jefe al que tendría que responder. Dylan se conocía lo bastante bien como para saber que aquello supondría un problema. La pregunta era si sería un gran problema o podría soportar las consecuencias. Ganaría en recursos, pero perdería el control de Relámpago Black. Su abogado no lo dejaba ni a sol ni a sombra desde hacía semanas. A fin de cuentas, aquélla era la oportunidad de su vida, pero su instinto seguía diciéndole que debía esperar y pensarlo mejor. Después de todo, él había sido quien había trabajado veinticuatro horas al día durante todos aquellos años. Los diseños innovadores eran suyos. Había llevado sus motos al circuito de carreras, y a veces se las había dado a los pilotos para que pudieran probar nuevos sistemas en las peores condiciones. Se había entregado en cuerpo y alma a su empresa, ¿cómo podía venderla? Sería como vender un brazo o una pierna.
El dinero contra los principios. Un antiguo dilema. Los filósofos ya habían debatido aquel asunto cuando la corteza terrestre todavía estaba enfriándose. Entonces, ¿qué debía hacer?
Aquello resultaría mucho más fácil, reconoció, si no fuera tan cínico. Años antes, cuando todavía era un soñador, le habría ofendido que insinuaran que podían comprarlo. Si su abogado de entonces hubiera sugerido la venta de la empresa, le habría enseñado la puerta de salida y lo habría despedido. ¿Cuándo había dejado de ser tan sencilla la vida?
– Al diablo con todo -murmuró, concluyendo que no tenía por qué decidirlo en aquel momento.
