
Calia parloteaba encantada en el asiento de atrás. Un detective privado haciendo de niñera no es la imagen más habitual que a uno le proporcionan las novelas policiacas… No creo que Race Williams o Philip Marlowe hicieran jamás de niñeras, pero al final de aquella mañana decidí que se debía simplemente a que eran demasiado flojos como para encargarse de una cría de cinco años.
Empecé por ir al zoo, con la idea de que, después de recorrerlo durante una hora, a Calia le entrarían ganas de descansar y así yo podría trabajar un poco en mi oficina, pero mi suposición resultó ser tan sólo un deseo optimista, producto de mi ignorancia. Estuvo coloreando dibujos durante unos diez minutos, luego quiso ir al cuarto de baño, después quiso llamar al abuelo, decidió que teníamos que jugar a la rayuela en el pasillo que recorre la nave en la que tengo mi oficina, tuvo un hambre «atroz» a pesar de los sandwiches que nos habíamos tomado en el zoo y, para remate, atascó una de mis ganzúas detrás de la fotocopiadora.
En ese momento tiré la toalla y me la llevé a mi apartamento, donde el vecino de abajo y mis perros me procuraron un respiro misericordioso. El señor Contreras, un maquinista jubilado, se mostró encantado de llevar a Calia a caballito sobre sus hombros por el jardín, flanqueado por los perros. Los dejé allí mientras subía a mi apartamento, que está en el tercer piso, para hacer unas cuantas llamadas. Me senté junto a la mesa de la cocina y dejé abierta la puerta de atrás para poder oír si al señor Contreras se le acababa la paciencia. Conseguí trabajar durante una hora. Luego, Calia consintió en sentarse en mi cuarto de estar con Peppy y Mitch, mientras yo le leía su cuento «más favorito»: El perro fiel y la princesa.
