
– Espero que la mesa redonda no te resulte demasiado dolorosa -le dije.
Sonrió.
– ¿Es eso lo que teme Lotty? Tiene alergia al pasado. A mí no me gusta andar revolviendo en él, pero creo que es bueno para que la gente comprenda.
Senté a Calia en el asiento de atrás de mi Mustang y le puse el cinturón de seguridad. La Fundación Birnbaum, que suele patrocinar temas de comunicación, había decidido organizar un ciclo de conferencias llamado «Cristianos y judíos: un nuevo milenio, un nuevo diálogo». La idea había surgido a raíz de que los baptistas del sur anunciaran el verano pasado que tenían la intención de enviar cien mil misioneros a Chicago para convertir a los judíos. El plan de los baptistas se quedó en nada: sólo se presentaron alrededor de mil evangelizadores cerriles. Aquello les salió por un pico, pues tuvieron que pagar las cancelaciones de las reservas de hotel pero, para entonces, la organización de la conferencia de la Fundación Birnbaum ya estaba en marcha.
Max iba a participar en la mesa redonda sobre las cuentas bancadas, lo cual ponía furiosa a Lotty. Max contaría sus experiencias durante la posguerra intentando localizar a sus familiares y el destino de sus bienes. Lotty decía que exponer sus miserias ante todo el mundo sólo servía para que se reafirmase el estereotipo de los judíos como víctimas. Y que, además, hacer hincapié en los bienes perdidos era echar leña al fuego para fomentar el otro estereotipo, el de que lo único que les importaba a los judíos era el dinero. A eso Max replicaba invariablemente: «Pero ¿quién se preocupa en realidad por el dinero? ¿Los judíos o los suizos que se niegan a devolvérselo a las personas que lo ganaron y lo depositaron en sus bancos?». Y, a partir de eso, se montaba la pelea. Estar cerca de ellos aquel verano había sido agotador.
