– Mitch me va a echar de menos. Va a llorar -gimoteó, tan cansada que ya no le encontraba sentido a nada.

– Te propongo algo, cielo: vamos a hacer que Mitch le regale a Ninshubur una de sus placas de identificación y así Ninshubur se acordará de él cuando no pueda verle.

Me metí en el trastero y busqué un collar pequeño de cuando Mitch era un cachorro. Calia dejó de llorar lo suficiente como para ayudarme a ponérselo a Ninshubur. Le colgué una serie de viejas plaquitas de identificación de Peppy, que resultaban absurdamente grandes en comparación con el cuellito azul del peluche, pero que encantaron a Calia.

Metí su mochilita y a Ninshubur en mi maletín y levanté a Calia para llevarla en brazos al coche.

– No soy un bebé. No tienes que llevarme en brazos -me dijo lloriqueando y agarrándose a mí, pero, al llegar al coche, se quedó dormida casi de inmediato.

Mi plan era dejarle el coche a un empleado del hotel Pléyades durante un cuarto de hora mientras entraba con Calia a buscar a Max, pero, al salir de Lake Shore Drive por Wacker, vi que me iba a resultar imposible. Un gentío enorme bloqueaba la entrada de vehículos del Pléyades. Saqué la cabeza por la ventanilla para intentar ver qué era lo que pasaba. Parecía una manifestación, con sus piquetes y sus megáfonos. Al caos se añadían los equipos de televisión. Los policías pitaban furibundos para que los coches siguieran circulando, pero el atasco era tan grande que me pasé varios minutos sin avanzar nada en absoluto, con una sensación de frustración creciente, sin saber dónde encontrar a Max ni qué hacer con Calia, que estaba profundamente dormida en el asiento de atrás.

Saqué el móvil de mi maletín, pero me había quedado sin batería y no encontraba el cargador del coche. Claro, me lo había dejado en el coche de Morrell el día que fuimos al campo la semana anterior. Di un puñetazo en el volante, con sensación de impotencia.



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