Mientras echaba humo de rabia, me puse a mirar a los que integraban los piquetes, que pertenecían a dos causas enfrentadas. Uno de los grupos, compuesto sólo de blancos, llevaba carteles reclamando la aprobación de la Ley sobre la Recuperación de los Bienes de las Víctimas del Holocausto en el estado de Illinois. «Nada de convenios con los ladrones», coreaban, y «Aseguradores, banqueros, ¿dónde están nuestros dineros?».

El tipo del megáfono era Joseph Posner. Últimamente había salido tantas veces en los informativos que le habría identificado incluso entre una muchedumbre mayor que aquélla. Iba vestido con el abrigo largo y el sombrero negro característicos de los ultraortodoxos. Era hijo de un judío que había sobrevivido al Holocausto y se había convertido en un hombre de una religiosidad tan exagerada que a Lotty le producía dentera. Se le podía ver en manifestaciones contra cualquier cosa: desde películas porno, apoyado por algunos grupos fundamentalistas cristianos, hasta tiendas de propietarios judíos que abrían los sábados, como Neiman Marcus. Sus seguidores, que parecían una mezcla entre un yeshiva y un miembro de la Liga para la Defensa de los Judíos, le acompañaban a todas partes. Se autodenominaban los macabeos y daba la impresión de que creían que sus protestas debían seguir el modelo de las hazañas militares de los verdaderos macabeos. Igual que los miembros de otras asociaciones de fanáticos, cuyo número no cesa de aumentar en Estados Unidos, estaban orgullosos del récord de detenciones de las que eran objeto.

La última causa que Posner había abrazado era la de apoyar la aprobación en Illinois de la Ley sobre la Recuperación de los Bienes de las Víctimas del Holocausto, que se conocía con el acrónimo de IHARA y estaba inspirada en la legislación de Florida y California.



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