
Cuando volví al Real Hospital de la Beneficencia me sentí… ¡Qué bien me sentí! La rutina del hospital y mis estudios constituían para mí como un bálsamo salutífero. De hecho, la jefa de servicio me llamó a su despacho para advertirme que debía bajar el ritmo; no querían que sufriese una recaída.
Ella no comprendía que el trabajo era mi única salvación. Supongo que se había convertido en mi segunda piel. El exceso de trabajo es un narcótico que te ayuda a olvidar. Lo de Arbeit machi freí era una burla indecente que habían inventado los nazis, pero sí que podría ser cierto que Arbeit macht betáubt ¿Cómo dices? Ay, perdón, me había olvidado de que no hablas alemán. Los nazis colocaban frases dignas del 1984 de Orwell sobre las puertas de entrada de los campos de concentración y ésa es la que pusieron en Auschwitz el trabajo os hará libres. Ese lema era una burla macabra, pero lo cierto es que el trabajo puede llegar a aturdir. Si dejas de trabajar, aunque sólo sea un momento, todo lo que tienes en tu interior comienza a desvanecerse y acabas encontrándote tan amorfa que no puedes moverte en absoluto. Por lo menos ése era mi temor.
Cuando, por fin, llegaron noticias de mi familia, me quedé como si el suelo se hubiera hundido bajo mis pies. Se suponía que yo debía estar preparándome para el examen de estado, un examen que entonces se hacía al acabar el bachillerato y de cuyo resultado dependía la entrada en la universidad. Pero los exámenes habían perdido para mí el significado que habían tenido durante la guerra Cada vez que me sentaba a estudiar me parecía como si una aspiradora gigante me estuviese succionando las tripas.
Aunque de un modo perverso, fue la prima Minna quien acabó por ayudarme. Desde el momento en que llegué ante su puerta, no cesó de criticar a mi madre. Ni siquiera la noticia de su muerte la movió a guardar un silencio respetuoso, sino que sirvió para que redoblara su bombardeo.
