
Después de deambular por las calles, de andar y andar hasta estar tan agotada que ya no podía sentir nada, solía volver a casa de Minna, que me decía: ¿Piensas que eres la única persona que sufre, la única que se ha quedado huérfana y abandonada en un país extraño? ¿Y no se suponía que tenías que prepararle el té a Víctor? Dice que se ha pasado más de una hora esperándote y que, al final, se lo ha tenido que hacer él porque tú, meine gnádige Dame (en casa Minna sólo hablaba en alemán; nunca llegó a dominar el inglés, lo cual le hacía enrojecer de vergüenza), eres demasiado señoritinga (entonces me hacía una reverencia) como para andar manchándote las manos en las tareas domésticas o en un trabajo de verdad. Eres igual que Lingerl. Me pregunto cómo una princesa de su alcurnia pudo sobrevivir tanto tiempo en un sitio como ése sin nadie que la mimase. ¿Les haría ojitos, ladeando la cabeza, a los guardias o a los demás prisioneros para que le cedieran su ración de pan? Pues ahora Madame Butterfly ha muerto y ya es hora de que aprendas lo que es trabajar de verdad.
Me entró la rabia más grande que recuerdo desde entonces. Le di una bofetada en la boca y le grité: Si la gente se preocupaba por mi madre, es porque ella les daba cariño. Y si nadie se ocupa de ti, es porque tú eres absolutamente odiosa.
Se quedó un momento mirándome fijamente, con la boca abierta por el estupor, pero se recuperó enseguida y me devolvió la bofetada con tal fuerza que me abrió el labio con su grueso anillo.
