Y luego me dijo entre dientes: La única razón por la que permití que una mestiza como tú aceptara esa beca para ir al instituto fue la condición de que tú, a cambio de mi generosidad, te ocuparas de Victor, cosa que, he de decirte, no has hecho en absoluto. En vez de prepararle el té, has estado exhibiéndote en los pubs y en las salas de baile exactamente igual que hacía tu madre. Lo más probable es que Max o Cari o cualquiera de esos muchachos emigrantes te haga el mismo regalito que Martin, como le gustaba llamarse, le hizo a Madame Butterfly. Mañana por la mañana voy a ir a ver a esa maravillosa directora del instituto, esa miss Skeffing a la que tanto quieres, para decirle que no puedes continuar estudiando. Ya es hora de que empieces a arrimar el hombro.

Sangrando por el labio, atravesé Londres a todo correr hasta que llegué al albergue juvenil en el que vivían mis amigos; ya sabes, Max, Cari y los demás. Un año antes, al cumplir los dieciséis, tuvieron que dejar los hogares que los habían acogido de niños. Les rogué que me encontraran una cama para pasar la noche. A la mañana siguiente, cuando sabía que Minna estaría con su gran amor, la fábrica de guantes, entré a hurtadillas en su casa para buscar mis libros y mi ropa, que no consistía más que en un par de mudas y otro vestido. Víctor estaba dormitando en el cuarto de estar, demasiado amodorrado como para intentar detenerme. Miss Skeffing me encontró una familia en el norte de Londres que me proporcionó habitación a cambio de que me ocupara de la cocina. Y, entonces, me puse a estudiar como si con mi esfuerzo pudiese redimir la vida de mi madre. Nada más acabar de fregar los platos de la cena, me ponía a resolver problemas de matemáticas y de química. A veces no había dormido más de cuatro horas cuando ya tenía que levantarme a preparar el desayuno para la familia. Y, en realidad, desde entonces nunca he parado de trabajar.



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