Así acababa la historia: yo sentada en la ladera de una colina un día nublado de octubre, contemplando un paisaje desolado y escuchando a Lotty hasta que ya no pudo seguir hablando más. Pero me resulta más difícil desentrañar de qué manera empezó todo.

Mirando hacia atrás, ahora que estoy tranquila, ahora que puedo pensar, me sigue siendo difícil decir: «Ah, sí, surgió por esto o por aquello». Era una época en la que yo tenía millones de cosas en la cabeza. Morrell se estaba preparando para marcharse a Afganistán. Yo estaba preocupadísima por eso, pero, por supuesto, intentaba dirigir mi empresa y hacer malabarismos con el trabajo desinteresado que realizo y pagar todas mis cuentas. Supongo que mi implicación en el asunto comenzó con Isaiah Sommers o, tal vez, con la conferencia que hubo en la Fundación Birnbaum. Ambos sobrevinieron el mismo día.

Capítulo 1

El club de las niñeras

– Ni siquiera llegó a comenzar el funeral. La iglesia se encontraba llena, las señoras estaban llorando. Mi tío había sido diácono, un hombre recto que llevaba cuarenta y siete años como feligrés de aquella iglesia cuando murió. Como se puede imaginar, mi tía se hallaba en un estado de desmoronamiento total. ¡Y que tuvieran la poca vergüenza de decir que ya había cobrado el seguro! ¿Cuándo? Eso es lo que quiero saber, señora Warashki, cuándo pudo cobrarse si mi tío se había pasado quince años pagando cinco dólares a la semana y mi tía jamás le oyó una palabra de que fuese a pedir un crédito con el seguro como garantía o fuera a hacerlo efectivo.

Isaiah Sommers era un hombre bajo y fornido que hablaba con una lentitud cadenciosa como si también él fuese diácono. Yo tenía que hacer un esfuerzo para no dormirme en las largas pausas que hacía durante su discurso. Estábamos en el cuarto de estar de la casita que él tenía en la zona sur de la ciudad, en el South Side, y era poco después de las seis de la tarde de un día que ya se me estaba haciendo demasiado largo.



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