Había llegado a mi oficina a las ocho y media de la mañana y estaba comenzando con las investigaciones rutinarias que constituyen la mayor parte de mi trabajo, cuando Lotty Herschel me llamó para lanzarme un SOS.

– Ya sabes que el hijo de Max ha venido de Londres con Calia y Agnes, ¿verdad? Pues a Agnes le ha surgido de pronto la oportunidad de mostrar sus diapositivas en una galería de la calle Hurón, pero necesita que alguien se ocupe de Calia.

– No soy una niñera, Lotty -le contesté de modo impaciente; Calia era la nieta de Max Loewenthal y tenía cinco años.

Lotty pasó olímpicamente de mi protesta.

– Max me ha llamado porque no pueden encontrar a nadie; su criada tiene el día libre. Él va a ir a esa conferencia que hay en el hotel Pléyades, aunque ya le he dicho muchísimas veces que lo único que va a conseguir es sufrir, pero bueno, eso no viene a cuento. El caso es que participa en una mesa redonda a las diez, si no se quedaría en casa con la niña. Yo lo he intentado con la señora Coltrain, la de mi clínica, pero hoy todo el mundo está ocupado. Michael tiene ensayo toda la tarde con la sinfónica y para Agnes esta podría ser una buena oportunidad. Vic, ya comprendo que es una imposición, pero sólo serán unas horas.

– ¿Y por qué no Cari Tisov? -le pregunté-. ¿No está también en casa de Max?

– ¿Cari de niñera? Una vez que se pone a tocar el clarinete, el techo puede saltar por los aires sin que se dé cuenta. Yo ya lo comprobé en una ocasión durante los ataques de las V1. ¿Puedes decirme sí o no? Estoy haciendo las visitas a los recién operados y tengo todas las horas de la consulta ocupadas -Lotty es jefa del servicio de perinatología del hospital Beth Israel.

Lo intenté con algunas personas de mi entorno, entre ellas mi ayudante, que tiene tres niños en acogida, pero nadie podía echarme una mano. Así que, al final, acepté, aunque no me hacía ninguna gracia.



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