– A las seis tengo una cita con un cliente bastante lejos, al sur de la ciudad, así que será mejor que alguien aparezca para hacerse cargo de ella antes de las cinco -advertí.

Cuando me acerqué en el coche hasta la casa que Max tiene en Evanston para recoger a Calia, encontré a Agnes Loewenthal super nerviosa, aunque muy agradecida.

– No puedo encontrar mis diapositivas. Calia estuvo jugando con ellas y las metió dentro del violonchelo de Michael, lo cual le puso furioso y ahora el muy bestia no sabe dónde las ha tirado.

Michael apareció en camiseta con el arco del chelo en la mano.

– Cariño, lo siento. Tienen que estar en el salón, donde estaba ensayando. Vic, no sabes cuánto te lo agradezco, ¿podemos invitaros a Morrell y a ti a cenar el domingo después del concierto?

– No podemos, Michael -dijo bruscamente Agnes-. Tenemos la cena que Max ha organizado para Cari y para ti.

Michael tocaba el chelo con el Conjunto de Cámara Cellini, un grupo londinense que habían formado Max y el amigo de Lotty, Cari Tisov, en los años cuarenta. Estaban en Chicago para iniciar la gira internacional que hacen cada dos años y Michael tenía programados, además, algunos conciertos con la Sinfónica de Chicago.

Agnes abrazó a Calia a todo correr.

– Un millón de gracias, Victoria, pero, por favor, nada de televisión. Sólo puede verla una hora por semana y no creo que los programas americanos sean adecuados para ella -se dio la vuelta y se dirigió como una flecha hacia el salón, donde la oímos sacudir furiosamente los almohadones del sofá. Calia hizo una mueca y me cogió de la mano.

Fue Max quien le puso la chaqueta a Calia y quien comprobó que su perro de peluche, su muñeca y su cuento «más favorito» estaban en su mochila.

– ¡Qué caos! -dijo gruñendo-. Parece como si estuvieran intentando lanzar un cohete espacial, ¿no? Lotty me ha dicho que tienes una cita esta tarde al sur de la ciudad.



8 из 519