– Tendría que espantarlas con la escoba.

– A mamá no le gustaría -observó Hadiyyah. Cogió cuatro latas de All Day Breakfast -la cena preferida de Barbara después de un día de trabajo más largo de lo habitual- y las llevó hacia el armario que había encima del fregadero.

– No. Imagino que no -reconoció Barbara-. Hadiyyah, ¿qué son esos alaridos horribles que te salen del cuello? -Le cogió las latas a la niña y señaló con la cabeza los auriculares, de los que no dejaba de salir una especie de música pop discutible.

– Nobanzi -dijo Hadiyyah oscuramente.

– ¿No qué?

– Nobanzi. Son geniales. Mira. -Del bolsillo de la chaqueta sacó la caja de plástico de un CD. En ella, tres anoréxicas de veintitantos años posaban vestidas con tops del tamaño de la generosidad de Scrooge y unos vaqueros azules tan estrechos que lo único que dejaban a la imaginación era cómo se las habían arreglado para meterse en ellos.

– Ah -dijo Barbara-. Modelos para nuestras jóvenes. Venga, dame. Déjame escucharlas.

Hadiyyah le dio encantada los auriculares, y Barbara se los puso. Cogió distraídamente un paquete de Players y lo agitó para sacar un cigarrillo, a pesar de la mueca de desaprobación de Hadiyyah. Encendió uno mientras lo que parecía el estribillo de una canción -si podía llamarse así- le agredió los oídos. Las Vandellas Nobanzi no eran de su gusto, estaba claro, con o sin Martha, decidió Barbara. Se oyó un estribillo de palabras ininteligibles. Un montón de gemidos orgásmicos de fondo parecieron sustituir tanto al bajo como a la batería.

Barbara se quitó los auriculares y se los devolvió. Dio una calada al pitillo y miró a Hadiyyah ladeando la cabeza con aire especulativo.

– ¿A que son geniales? -dijo la niña. Cogió la caja del CD y señaló a la chica del medio, que llevaba rastas de dos colores y tenía una pistola humeante tatuada en el pecho derecho-. Esta es Juno. Es mi preferida. Tiene una niña que se llama Nefertiti. ¿Verdad que es preciosa?



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