
– Me lo has quitado de la boca. -Barbara hizo una bola con las bolsas vacías y las guardó en el armario de debajo del fregadero. Abrió el cajón de los cubiertos y al fondo encontró un bloc de notas adhesivas que, por lo general, empleaba para recordarse cosas importantes que debía hacer, como «Piensa en arreglarte las cejas mañana» o «Limpia este baño asqueroso». Esta vez, sin embargo, garabateó cuatro palabras.
– Ven conmigo -le dijo a su pequeña amiga-. Es momento de encargarnos de tu educación. -Y cogió el bolso de bandolera y llevó a Hadiyyah a la parte delantera de la casa, donde los zapatos de la niña descansaban debajo del banco situado en la zona empedrada que había justo por fuera de la puerta del piso de la planta baja. Barbara le dijo que se calzara mientras ella iba a pegar la nota en la pared.
– Sígueme. Tu padre ya está avisado -le dijo Barbara cuando Hadiyyah estuvo lista, y salieron de la propiedad en dirección a Chalk Farm Road.
– ¿Adonde vamos? -Preguntó Hadiyyah-. ¿De aventura?
– Deja que te pregunte algo. Asiente si alguno de estos nombres te resulta familiar. Buddy Holly. ¿No? Ritchie Valens. ¿No? The Big Bopper. ¿No? Elvis. Bueno, claro. Quién no conoce a Elvis, pero apenas cuenta. ¿Qué me dices de Chuck Berry? ¿Little Richard? ¿Jerry Lee Lewis? Great Balls of Fire. ¿Te suenan? Joder, pero ¿qué os enseñan en el colegio?
– No deberías decir palabrotas -dijo Hadiyyah.
Una vez en Chalk Farm Road, el paseo hasta su destino, el Virgin de Camden High Street, no era muy largo. Sin embargo, para llegar hasta allí, debían atravesar el distrito comercial, el cual, por lo que Barbara siempre había podido determinar, era distinto a cualquier otro barrio comercial de la ciudad: desde las tiendas hasta la calle, repleto de jóvenes de todos los colores, creencias y tipos de adorno corporal; inundado por una cacofonía atronadora de música que llegaba de todas las direcciones; perfumado por toda clase de olores, desde pachulí a fish and chips.
