
Las señales indicaban que esta casa en particular era propicia. Conducían el mayor Range Rover del mercado. Tenían un jardinero una vez a la semana. También tenían contratado un servicio de limpieza, y sus sábanas y fundas de almohada las lavaban, planchaba y devolvía un profesional. Esta casa en particular, había llegado a la conclusión Kimmo, estaba a punto y a la espera.
Lo que hacía que fuera todo tan bonito era la casa de al lado con su cartel de SE ALQUILA colgando alicaído de un poste situado junto a la calle. Lo que también hacía que fuera todo tan perfecto era el acceso fácil desde la parte trasera: un muro de ladrillo a lo largo de un erial.
Kimmo pedaleó hasta ese punto después de deslizarse por delante de la casa para asegurarse de que la familia se mantenía fiel a su estricto programa. Cruzó el erial dando botes y apoyó la bicicleta en el muro. Con la funda de almohada en la que llevaba las herramientas y la rosa, se subió de un salto al sillín de la bicicleta y, sin dificultad alguna, pasó al otro lado del muro.
El jardín trasero estaba más oscuro que boca de lobo, pero Kimmo había mirado antes por encima del muro y sabía lo que tenía delante. Justo debajo había un montoncito de abono y, más allá, un pequeño huerto de árboles frutales plantados en zigzag decoraba un césped muy bien cortado. A cada lado de éste, anchos parterres hacían de arriates. Uno rodeaba un cenador. El otro decoraba los alrededores de un cobertizo. Por último, en la distancia, justo delante de la casa había un patio de ladrillos irregulares donde el agua de la lluvia se acumulaba tras una tormenta y un alero del que colgaban luces de seguridad.
