Se encendieron automáticamente cuando Kimmo se acercó. Les dio las gracias inclinando la cabeza. Las luces de seguridad, había decidido hacía mucho tiempo, tenían que ser la inspiración irónica de un ladrón puesto que, cuando se encendían, todo el mundo parecía suponer que sólo era un gato que había cruzado el jardín. Aún no había oído nunca que un vecino llamara a la poli porque había visto que se encendían unas luces. Por otro lado, había oído contar miles de historias a otros colegas ladrones sobre lo mucho que estas luces les habían facilitado el acceso a la parte trasera de una propiedad.

En este caso, las luces no significaban nada. Las ventanas oscuras y sin cortinas, junto con el cartel de SE ALQUILA, le decían que nadie habitaba la casa de la derecha, mientras que la de la izquierda no tenía ventanas en ese lado y tampoco un perro que llenara con sus ladridos el frío de la noche. Estaba fuera de peligro, que él supiera.

Una cristalera se abría al patio y Kimmo se dirigió hacia ella. Allí, un golpecito seco con el martillo de emergencia -adecuado para romper la ventanilla de un coche en un momento crítico- fue suficiente para darle acceso al pomo de la puerta. La abrió y entró. La alarma antirrobo se disparó como una sirena antiaérea.

El sonido era ensordecedor, pero Kimmo no hizo caso. Tenía cinco minutos -quizá más- hasta que sonara el teléfono y llamara la empresa de seguridad, con la esperanza de descubrir que la alarma se había disparado por error. Al no quedar satisfechos, recurrirían a los números de contacto que les habían dado. Cuando eso no bastara para poner fin al incesante chillido de la sirena, quizá llamaran a la policía que, a su vez, quizá aparecería para comprobar qué sucedía o no. Pero, en cualquier caso, para esa eventualidad faltaban aún veinte minutos, que eran diez minutos más de los que Kimmo necesitaba para conseguir lo que buscaba en aquella casa.



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