Era un especialista en aquel campo. Que los otros se quedaran con los portátiles, los reproductores de CD y DVD, los televisores, las joyas, las cámaras digitales, los PDA y los vídeos. El sólo buscaba una cosa en concreto en las casas que visitaba, y la ventaja que tenía esa cosa era que siempre estaba a plena vista y, por lo general, en las habitaciones comunes de una casa.

Kimmo iluminó el lugar con su linterna de bolsillo. Estaba en un comedor y allí no había nada que pudiera llevarse. Pero en el salón, enseguida vio cuatro premios brillando sobre un piano. Los cogió: marcos de plata que despojó de sus fotografías -había que ser considerado con ciertas cosas- antes de guardarlos con cuidado en la funda de almohada. Encontró otro en una de las mesas auxiliares y también se lo agenció antes de pasar a la parte delantera de la casa donde, cerca de la puerta, una mesa semicircular con un espejo encima exhibía dos marcos más junto a una cajita de porcelana y un jarrón con flores, que dejó donde estaban.

La experiencia le decía que había muchas probabilidades de encontrar el resto de lo que quería en el dormitorio principal, así que subió a toda prisa las escaleras mientras la alarma antirrobo seguía ululando. La habitación que buscaba estaba en la parte trasera del piso alto y daba al jardín y, justo después de encender la linterna para comprobar el contenido, el chillido de la alarma cesó de repente y el teléfono empezó a sonar.

Kimmo se detuvo en seco, con una mano en la linterna y la otra a medio camino de un marco en el que una pareja vestida de novios se besaba debajo de una rama de flores. Al cabo de un momento, el teléfono dejó de sonar tan repentinamente como la alarma y en el piso de abajo se encendió una luz y alguien dijo:

– ¿Hola? -Y luego-: No. Acabamos de entrar… Sí. Sí. Se ha disparado, pero no he podido… ¡Santo cielo! Gail, apártate del cristal.

Aquello bastó para que Kimmo supiera que la situación había dado un giro inesperado. No se quedó pensando en qué demonios hacía la familia en casa cuando se suponía que aún tenía que estar en casa de la abuela, en misa, en yoga, en terapia o donde diablos iban cuando se marchaban. Se lanzó hacia la ventana de la izquierda de la cama mientras, abajo, una mujer gritaba:



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