– Se trata de una niña. Se llama Lara. Tienen una granja en las afueras del pueblo. Estoy segura de que le gustaría verte.

– Sí -dijo Vanessa. Por primera vez en todo el día, sintió que algo encajaba en su interior-. Sí, a mí también me gustaría verla. ¿Y sus padres? ¿Están bien?

– Emily murió hace casi ocho años.

– Oh… -susurró Vanessa. Entonces, extendió instintivamente la mano para tocar la de su madre. Igual que Joanie había sido su mejor amiga, Emily Tucker también lo había sido la de su madre-. Lo siento mucho…

Loretta miró las manos unidas y los ojos se le llenaron de lágrimas.

– Aún la echo mucho de menos.

– Era la mujer más amable que he conocido nunca. Ojalá hubiera… -musitó. Sin embargo, inmediatamente se dio cuenta de que ya era demasiado tarde para lamentarse-. ¿Y el doctor Tucker? ¿Está bien?

– Ham está estupendamente -respondió Loretta. Parpadeó para evitar las lágrimas y trató de no sentirse desilusionada cuando Vanessa retiró la mano-. Lo pasó muy mal, pero su familia y su trabajo lo ayudaron a superarlo. Se alegrará mucho de verte, Van.

Nadie había llamado así a Vanessa desde hacía más años de los que podía recordar. Escuchar aquel nombre la emocionó.

– ¿Sigue teniendo la consulta en su casa?

– Por supuesto… No estás comiendo nada. ¿Te apetecería tomar otra cosa?

– No, esto está bien -contestó Vanessa. Entonces, por cumplir, se tomó un poco de ensalada.

– ¿No quieres saber nada de Brady?

– No -respondió Vanessa-. No especialmente.

– Pues he de decirte que Brady Tucker decidió seguir los pasos de su padre.

– ¿Es médico? -preguntó Vanessa, asombrada.

– Así es. Se labró una importante carrera en un hospital de Nueva York. Creo que Ham me dijo que era jefe de algo.

– Siempre creí que Brady terminaría fichando por algún equipo de fútbol o en la cárcel.

Loretta se echó a reír.



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