
– Lo mismo le pasó a la mayoría de la gente, pero se ha convertido en un hombre muy respetable. Por supuesto, siempre fue demasiado guapo para su propio bien.
– O para el de los demás -musitó Vanessa. Su madre volvió a sonreír.
– A una mujer siempre le resulta difícil resistirse a los hombres altos, morenos y guapos, especialmente si, también, son algo granujas. En realidad nunca hizo nada malo -señaló Loretta-, aunque les dio a Emily y a Ham más de un dolor de cabeza. Bueno, en realidad más de muchos dolores de cabeza. Sin embargo, él siempre se ocupó de su hermana, cosa que me gustó mucho. Y tú le gustabas mucho.
Vanessa hizo un gesto de desaprobación.
– A Brady Tucker le gustaba cualquier cosa que tuviera faldas.
– Era muy joven -dijo Loretta. Pensó que todos lo habían sido mientras miraba a la seria y encantadora desconocida que era su hija-. Emily me dijo que no hacía más que dar vueltas por la casa cuando… cuando tu padre y tú os fuisteis a Europa.
– De eso hace mucho tiempo -replicó Vanessa. Se puso de pie para no seguir hablando del asunto.
– Yo me ocuparé de los platos -anunció Loretta mientras empezaba a apilarlos rápidamente-. Hoy es tu primer día. Tal vez te apetezca tocar el piano. Me gustaría volver a escuchar tu música en esta casa.
– Muy bien -repuso ella. Entonces, se dirigió hacia la puerta.
– ¿Van?
– ¿Sí?
¿Volvería a llamarla alguna vez «mamá»?
– Quiero que sepas lo orgullosa que estoy de lo que has conseguido.
– ¿De verdad?
– Sí -contestó Loretta. Estudió a su hija, deseando tener el valor para darle un abrazo-. Sólo me gustaría que tuvieras un aspecto más feliz.
– Soy bastante feliz.
– ¿Me lo dirías si no fuera así?
– No lo sé. En realidad, ya no nos conocemos.
Loretta pensó que al menos la respuesta era sincera. Dolorosa, pero sincera al fin y al cabo.
– Espero que te quedes lo suficiente para que podamos conocernos de nuevo.
