
– Estoy aquí porque necesito respuestas, aunque aún no estoy dispuesta a hacer las preguntas.
– Date tiempo, Van, pero créeme cuando te digo que yo siempre deseé lo mejor para ti.
– Mi padre siempre me decía lo mismo -dijo Vanessa, suavemente-. ¿No te parece extraño que, ahora que soy una mujer adulta, no sepa lo que eso es?
Se dirigió hacia la sala de música. Sentía un dolor que la corroía justo por debajo del esternón. Como tenía por costumbre, se sacó una pastilla del bolsillo de la falda antes de sentarse frente al piano.
Empezó con la Sonata a la luz de la luna de Beethoven. La tocó sin partitura, de memoria y desde el corazón. Dejó que la música la tranquilizara. Recordaba haber tocado aquella pieza y cientos de otras en aquella misma sala. Hora tras hora, día tras día, por amor al arte, aunque frecuentemente, quizá demasiado, porque se esperaba eso de ella, incluso se le demandaba.
Siempre había tenido sentimientos encontrados en relación con la música. Sentía un amor fuerte y apasionado hacia ella y una fuerte necesidad por interpretarla con la habilidad que le habían enseñado. Sin embargo, además había estado la imperiosa necesidad de agradar a su padre, de alcanzar el punto de perfección que él esperaba. En aquel momento, le pareció que era casi imposible llegar a tanta excelencia.
Su padre nunca había comprendido que la música para ella era algo que le gustaba hacer, no una vocación. Había sido un modo de expresarse, de reconfortarse, pero nunca una ambición. En las pocas ocasiones en las que había tratado de explicárselo, se había enfurecido o impacientado tanto que Vanessa había decidido guardar silencio. Ella, que era conocida por la pasión y el temperamento que derrochaba, se había comportado como una niña atemorizada al lado de su padre. Nunca en toda su vida había sido capaz de desafiarlo.
Cambió Beethoven por Bach, cerró los ojos y se dejó invadir por la música. Tocó durante más de una hora, perdida en la belleza, en el genio de las composiciones. Aquello era lo que su padre nunca había comprendido. No entendía que pudiera tocar por propio placer y ser feliz con ello, que odiara y siempre hubiera odiado estar sentada en un escenario, rodeada de focos y tocando para miles de personas.
