A medida que sus sentimientos comenzaron a fluir de nuevo, comenzó a tocar a Mozart, un compositor que requería más pasión y velocidad. La música surgió a través de ella con viveza, casi con furia. Cuando resonó el último acorde, sintió una satisfacción que casi había olvidado.

El suave aplauso que escuchó a sus espaldas le hizo darse la vuelta. Sentado sobre una de aquellas butacas tan elegantes había un hombre. Aunque Vanessa tenía el sol en los ojos y habían pasado doce años, lo reconoció inmediatamente.

– Increíble -dijo Brady Tucker mientras se ponía de pie y se acercaba a ella. Su largo y nervudo cuerpo bloqueó el sol durante un instante, haciendo que la luz reluciera a su alrededor como si se tratara de un dorado halo-.Absolutamente increíble -repitió, ofreciéndole la mano y una sonrisa-. Bienvenida a casa, Van.

Vanessa se levantó.

– Brady -murmuró. Entonces, le golpeó el estómago con el puño-. Pelota…

Él se derrumbó sobre una butaca cercana, al tiempo que expulsaba de golpe el aire que tenía en los pulmones. A continuación, con un gesto de dolor en el rostro, miró a Vanessa.

– Yo también me alegro de verte.

– ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

– Tu madre me dejó entrar.

Después de respirar profundamente, se levantó. Vanessa tuvo que levantar la cabeza para poder seguir mirándolo a los ojos, unos fabulosos ojos azules que habían envejecido demasiado bien.

– No quería molestarte mientras estabas tocando, así que me senté. No esperaba que me recibieras con un puñetazo.

– Pues deberías haberlo hecho -replicó ella. Le agradaba haberlo sorprendido y haberle dado una pequeña porción del dolor que él le había hecho sentir a ella. Su voz era la misma, profunda y seductora. Sólo por eso, le apetecía volver a pegarle-. Ella no me dijo que tú estabas en el pueblo.



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