– Vivo aquí. Regresé hace ya casi un año -contestó Brady. Observó que Vanessa tenía casi el mismo mohín tan sensual de entonces. Le hubiera gustado que al menos eso hubiera cambiado-. ¿Puedo decirte que tienes un aspecto magnífico o debería ponerme en guardia?

Vanessa sabía muy bien cómo mantener la compostura a pesar del estrés. Volvió a tomar asiento mientras se estiraba muy cuidadosamente la falda.

– No, me lo puedes decir.

– Muy bien. Pues tienes un aspecto magnífico. Tal vez estés algo delgada.

El mohín se hizo más pronunciado.

– ¿Es ésa tu opinión como médico, doctor Tucker?

– En realidad, sí.

Brady decidió correr el riesgo y se sentó a su lado sobre la banqueta del piano. El aroma que emanaba de ella era tan sutil y atrayente como la luz de la luna. Sintió que algo se despertaba dentro de él, lo que le resultó menos inesperado que frustrante. Aunque estaban sentados juntos, Brady sabía que ella estaba tan lejos de él como cuando los había separado un océano entero.

– Tú también tienes buen aspecto -comentó ella, aunque deseó que sus palabras no fueran ciertas.

Efectivamente, Brady aún tenía el cuerpo esbelto y atlético de su juventud. Su rostro no era tan aniñado y la atractiva madurez que presentaba en aquellos momentos le hacía resultar mucho más fascinante. Aún tenía el cabello de un profundo color negro y sus pestañas eran tan largas y espesas como siempre. Las manos seguían siendo tan fuertes y hermosas como lo habían sido la primera vez que la habían tocado. Se recordó que aquello había ocurrido hacía casi una vida entera.

– Mi madre me dijo que tú tenías un buen trabajo en Nueva York.

– Lo tenía -dijo Brady. Se sentía tan nervioso como un colegial. En realidad mucho más. Doce años antes habría sabido cómo manejar a Vanessa, o, al menos, eso había creído-. Regresé para ayudar a mi padre con su consulta. Le gustaría jubilarse dentro de un año o dos.



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