– Me resulta imposible creer que tú hayas regresado aquí o que el doctor Tucker vaya a jubilarse.

– Los tiempos cambian.

– Así es -dijo Vanessa. Le resultaba también imposible estar sentada al lado de él. Tal vez sólo era un recordatorio de los sentimientos que había sentido de niña, pero, de todos modos, se levantó-. Me resulta igual de difícil imaginarte a ti como médico.

– ¿Quieres que te enseñe el estetoscopio?

– No. Por cierto, he oído que Joanie se ha casado.

– Sí, con Jack Knight nada menos. ¿Te acuerdas de él?

– Creo que no.

– En el instituto iba un curso por delante de mí. Era la estrella del equipo de fútbol. Jugó profesionalmente durante un par de años, pero luego se fastidió la rodilla.

– ¿Es así como lo denominan los médicos?

– Más o menos -contestó Brady, con una sonrisa-. A mi hermana le encantará volver a verte, Van.

– Yo también tengo muchas ganas de verla.

– Tengo que atender a algunos pacientes, pero creo que habré terminado para las seis. ¿Por qué no vamos a cenar y luego te llevo a la granja?

– No, gracias.

– ¿Por qué no?

– Porque la última vez que me invitaste a cenar, a cenar y al baile de fin de curso, me dejaste plantada.

– Veo que eres capaz de guardar el resentimiento durante muchos años.

– Sí.

– Entonces, yo tenía dieciocho años, Van, y tuve mis razones.

– Razones que ya importan muy poco -replicó ella. El estómago le estaba empezando a arder-. Lo importante es que no quiero volver a retomar las cosas donde las dejamos.

– No se trataba de eso.

– Bien. Los dos ahora tenemos vidas completamente separadas, Brady. Sigamos así.

Él asintió muy lentamente.



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