– No específicamente -admitió, aunque tenía alguna que otra teoría. Querían alejarse de Alaska y de él. Además, Sasha llevaba mucho tiempo soñando con la fama.

– ¿Han hecho antes algo así? ¿Marcharse en contra de tus deseos, dejar los estudios?

– No. Eso es lo que no entiendo. Están a punto de terminar. ¿Por qué no han podido aguantar un semestre más? -eso habría sido lo más responsable.

Hasta el momento, Sasha y Stephen no le habían dado muchos problemas, solo los típicos de su edad: conducir demasiado deprisa y unas cuantas fiestas con muchas chicas. Le había preocupado que pudieran dejar a una chica embarazada, pero hasta el momento eso no había pasado. Tal vez sus miles de sermones sobre emplear métodos anticonceptivos habían surtido efecto.

Por eso, que quisieran dejar los estudios para entrar en un programa de televisión lo había dejado anonadado. Siempre se había imaginado que, por lo menos, terminarían la facultad.

– Parecen unos chicos geniales -dijo Dakota-. A lo mejor deberías confiar en ellos.

– Tal vez debería atarlos y meterlos en un avión con destino a Alaska.

– No te gustaría estar en la cárcel.

– Para eso primero tendrían que atraparme -volvió a levantarse-. Gracias por tu tiempo.

– Siento no poder ayudarte.

– Yo también.

Ella se levantó y bordeó la mesa para quedar frente a él.

– Como suele decirse: «si quieres algo, déjalo libre».

Él la miró fijamente a los ojos; unos ojos oscuros que contrastaban con su ondulado cabello rubio. Esbozó una sonrisa.

– Y si vuelve, ¿es porque así tenía que ser? No, gracias. Yo soy más del «si no vuelve, ve a cazarlo y dispáralo».

– ¿Debería advertir a tus hermanos?

– Ya están advertidos.

– A veces tienes que dejar que la gente se equivoque.

– Esto es demasiado importante. Es su futuro.

– Y la palabra clave es: «su»; no es tu futuro. Lo que sea que pueda pasar aquí no es irrecuperable.



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