
Y por Dios, que todavía era hermosa. Con aquellos enormes ojos azules, la graciosa nariz y los exuberantes labios en forma de arco, parecía como si los dioses se hubieran tomado un cuidado extra al formarla. Aunque al observar su rostro, notó algunas sutiles diferencias. La falta de brillo en sus ojos. La leve tensión alrededor de la boca. La delgadez de las mejillas que una vez habían sido redondeadas como las manzanas. En esta mujer no había nada de la chica risueña y traviesa que había conocido. De inmediato se preguntó que habría originado aquel cambio.
Y luego, sobresaltado, se dio cuenta de la ropa que llevaba, negra de la cabeza a los pies. Iba de luto riguroso. Pero, ¿quién había muerto? ¿Su madre o su padre? Seguro que no. La propiedad de lord y lady Parrish estaba a sólo dos horas de camino de St. Ives. Si alguno de los dos hubiera muerto, las noticias hubieran llegado hasta allí. Sólo quedaba su marido.
Durante un terrible y ridículo instante su corazón dio un salto al pensar que ya no estaba casada, luego la realidad regresó con un doloroso golpe. No importaba si tenía marido o no. Ni ahora, ni diez años atrás, ni nunca. Ella estaba tan por encima de él que incluso resultaba ridículo. La relación platónica que habían tenido de niños y adolescentes ya hacía mucho que había terminado. El que sus propios sentimientos hubieran profundizado más allá de la mera amistad era la cruz que debía llevar. Desde luego ella nunca le había dado ninguna esperanza de que pudiera haber algo más entre ellos, los límites nunca fueron cuestionados. ¿Un mozo de cuadra y la hija de un vizconde? Completamente imposible. Pero eso no había evitado que su estúpido y tonto corazón deseara desesperada e irrevocablemente lo que nunca podría tener.
El duro golpe de la realidad trajo también una oleada de rabia, contra sí mismo por no haber podido olvidar el pasado, olvidarla a ella, o convencerse de la inutilidad de sus sentimientos. Y rabia contra ella, por aparecer de este modo, por desplazar el mundo de su eje simplemente por estar ahí.
