
– Como usted desee, milady -dijo el señor Watley.
Las ayudó a ella y a Sophie a subir al carruaje y reanudaron el camino. Un cuarto de hora más tarde se detuvieron entre sacudidas. Adoptando la máscara de calma que durante años había estado usando como si fuera una segunda piel, Cassandra volvió a tender la mano al señor Watley y salió del coche.
La brillante luz del sol le dio en los ojos bajo el ala del sombrerito que llevaba, y levantó la mano para evitar la deslumbrante luz.
Dos plantas de piedra envejecida, suavizada por persianas de un suave color gris indicaban que la posada Blue Seas tenía una antigüedad de al menos cien años. Pero el edificio estaba muy bien conservado, los cristales de las ventanas brillaban de puro limpio, los sencillos macizos de flores que flanqueaban el camino de entrada florecían con una profusión de vistosos colores. Un establo, que estaba claro que era una adición bastante reciente, se erguía al lado del edificio original.
Cuando miró aquellos establos, un recuerdo le pasó como un relámpago por la mente, tan fuerte, tan vívido, que casi le cortó el aliento. Los ojos oscuros de Ethan mirándola sonrientes al compartir una broma, mientras cepillaba la yegua castaña de ella, con sus manos fuertes y firmes, aunque infinitamente suaves con el animal.
Parpadeó para apartar la imagen y desvió la mirada hacia el letrero pintado a mano que se mecía suavemente por la brisa salada. Representaba a una gaviota deslizándose sobre las espumosas olas; las alas grises del pájaro reflejaban la luz de un brillante sol. Las palabras “Posada Blue Seas” estaban escritas en color añil, el nombre perfecto para este lugar tan encantador. Debajo había un rótulo más pequeño: “Ethan Baxter, Propietario”
Se quedó con la mirada clavada en el nombre y tuvo que sujetarse los dedos para evitar acariciar aquellas palabras.
– ¿Las acompaño dentro para pedirles habitaciones, milady? -preguntó el señor Watley.
