
Cassandra se obligó a apartar la mirada del rótulo y se giró hacia el cochero. Su primera reacción había sido aceptar la oferta y aprovechar la excusa para no entrar sola. Pero apartó con firmeza el “sí” que se precipitaba a sus labios. Había llegado demasiado lejos para esconderse ahora detrás de alguien. Pero el nerviosismo apenas la dejó hablar.
– No, gracias -Se giró hacia Sophie-. Por favor, enséñale al señor Watley el equipaje que nos hará falta para nuestra estancia aquí.
– Sí, milady -Sophia se dio la vuelta hacia el coche y Cassandra se obligó a recorrer el camino de adoquines que llevaba a la puerta principal, con una pregunta martilleándole en la mente. ¿Estará aquí?
Ethan Baxter se limpió el sudor de la frente con un antebrazo igual de sudoroso, luego hizo rotar los doloridos hombros. Nada como una tarde limpiando el estiércol de los establos y cepillando los caballos para quedar agotado. Pero era un agotamiento bueno, uno que provenía de una actividad que le encantaba, uno que no conseguía muy a menudo desde que había contratado a Jamie Browne para dirigir la caballeriza. Pero cuando al mediodía se enteraron de que la esposa de Jamie se había puesto de parto, Ethan había enviado al joven a casa. Una sonrisa asomó a sus labios al recordar la expresión de Jamie, una combinación de temor, entusiasmo y un total y absoluto pánico. Un ramalazo de envidia atravesó a Ethan, haciendo desaparecer su diversión, resonando en el vacío que había dentro de él, vacío que añoraba lo que tenían Jamie y Sara, un matrimonio lleno de amor. Un hijo en camino. Una verdadera familia.
Se le tensó la mandíbula. Ese maldito vacío. Maldición, ya era hora de hacer algo al respecto. Y después de analizarlo en profundidad, tomó una decisión.
Ethan salió del establo a la brillante luz del sol. De inmediato se dio cuenta de que un carruaje desconocido se había detenido delante de la posada, el cochero estaba apartando un baúl del resto del equipaje y bajándolo, una doncella señalaba otro que también debía bajar.
