
Como no deseaba saludar a los clientes recién llegados oliendo a caballo y lleno de sudor, se encaminó hacia la puerta lateral de la posada, con la intención de ir inmediatamente a su cuarto y ponerse presentable. Desde luego Delia era muy capaz de ocuparse de ellos y de su comodidad. No había duda de que el ama de llaves era tan eficiente que Ethan podría marcharse de St. Ives durante un mes y no se le echaría en falta. Y no es que tuviera la menor intención de irse ni siquiera un minuto. St. Ives, Blue Seas, era su hogar, un lugar que había buscado durante mucho tiempo y que le costó mucho encontrar. Un lugar donde por fin había encontrado algo de la tranquilidad que con tanta desesperación había buscado. Y si a veces el trabajo no le dejaba agotado de cuerpo y mente lo suficiente para olvidar el pasado, al menos le daba un mínimo de paz, algo que no había encontrado en ninguna otra parte.
Claro que sospechaba que Delia notaría su ausencia si se fuera. Soltó un bufido y se pasó una mano por el pelo húmedo de sudor. ¿Sospecharlo? Maldición, estaba totalmente seguro. Durante todo el año pasado -y últimamente con más frecuencia- ella le había hecho ciertos comentarios y le miraba con una peculiar expresión, las dos cosas no le dejaban ninguna duda de que no se opondría a ser algo más para él que una empleada, que una amiga. Era una mujer atractiva y, que Dios le ayudara, había estado tentado más de una vez de dejar de fingir que no había notado sus sutiles indirectas.
