
Hasta ahora no había hecho caso de ellas. Delia Tildon era una viuda joven y decente que se merecía algo mejor que él. Él era mercancía estropeada, tanto por dentro como por fuera. Le gustaba y la respetaba demasiado para aprovecharse de su amable naturaleza y usarla para aplacar su soledad.
Pero últimamente… estos últimos meses la tentación de hacer justamente eso le resultaba casi abrumadora. El vacío que le devoraba parecía aún más grande en los últimos tiempos. Los recuerdos le asaltaban con tanta fuerza y rapidez que era una lucha diaria no ahogarse en ellos. Algo que nunca había dejado de molestarle. ¿Por qué diablos no podía olvidar?
Pero sin importar lo fuerte que había sido la tentación, hasta ahora había resistido. Una mujer como ella querría -y se merecía- el corazón de un hombre. Y él no tenía ninguno para dar. Proponerle algo menos que eso era injusto para los dos.
O así lo había creído hasta que había pasado los últimos días considerando que la soledad también era injusta. La idea de tener a alguien con quien compartir su vida, alguien con quien hablar, a quién escuchar, había echado raíces en su mente y a pesar de todos sus esfuerzos por arrancarlas, se negaban a moverse. No quería hacer daño a Delia, pero maldición, estaba tan condenadamente cansado de estar solo. Quizá el afecto y el respeto fuera suficiente. Suficiente para casarse. Suficiente para conseguir olvidar. O al menos podrían hacer que dejara de querer, de anhelar cosas que nunca podría tener.
Había llegado la hora de ceder a la tentación. Hablarlo con Delia. Dejar que ella decidiera si el afecto y el respeto eran suficientes. Y tal vez si él era muy, muy afortunado, lo serían. Y ya no volvería a estar solo.
Sintiéndose más alegre de lo que se había sentido en mucho tiempo, entró en la posada por la puerta lateral, cerrando con suavidad tras él el panel de roble. Esperó unos segundo para que sus ojos se acostumbraran a la repentina penumbra y oyó la voz de Delia que venía desde la sala de estar de la posada.
