– ¿Así que necesitará dos habitaciones, milady?

– Sí, por favor, señora Tildon. Una para mí y otra para mi criada. Para una noche.

Ethan se quedó absolutamente inmóvil ante el sonido de la voz de la recién llegada con el corazón a punto de parársele en el pecho cuando innumerables imágenes le pasaron como un relámpago por la mente. El brillante cabello del color de la miel acabada de recoger, los risueños ojos azules, la traviesa sonrisa. Parpadeó para alejar aquellas imágenes y luego con una exclamación de disgusto, negó con la cabeza. Maldición, ya era bastante malo que después de todos aquellos años no pudiera dejar de pensar en ella, pero es que ahora incluso se imaginaba oír su voz.

– El cochero también necesitará una cama -continuó la suave voz, algo ronca, que tanto se parecía a la de ella, y sus pies, como si tuvieran vida propia, empezaron a moverse hacia la sala de estar. Su cabeza, su sentido común, sabía que no era ella, que vivía a cientos de kilómetros de allí, pero aún así se dirigió hacia aquella voz que le atraía como un oasis a un hombre sediento.

– Tenemos camas disponibles en la caballeriza para su cochero -le llegó la voz de Delia-. En Blue Seas tenemos los establos más limpios de St. Ives.

– Siendo el señor Baxter el propietario, no me extraña.

Ethan dio la vuelta a la esquina y se detuvo en la puerta. Como en sueños vio como Delia levantaba las cejas y preguntaba sorprendida.

– ¿Conoce a Ethan, señora?

Pero todo él estaba concentrado en la otra mujer.

Podía verle parte del perfil ya que la parte superior de la cabeza estaba oscurecida por el ala del sombrerito. Pero el corazón le empezó a latir con violencia al ver el pelo color miel, la curva de la barbilla, la forma de los labios. El suave hoyuelo en la mejilla, al lado de la boca, uno que casi podría ver como se haría más profundo si ella sonriera.



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