– Entonces, ¿qué, chicos? ¿Comemos en el Club 55 y nadarnos un poco antes? -insistió Charlie, para poder contarle los planes al capitán.

– Pues claro. Venga -replicó Adam poniendo los ojos en blanco al oír su móvil francés, al que no hizo el menor caso. Ya atendería el mensaje más tarde. Mientras estaba en Europa, solo se llevaba un teléfono, lo cual suponía una mejora enorme en comparación con la serie de artilugios y papeles con los que cargaba en Nueva York. -Es mucho trabajo, pero alguien tiene que hacerlo -añadió sonriente.

– ¿A alguien le apetece un Bloody Mary? -preguntó Charlie con fingida inocencia mientras hacía un gesto al camarero indicándole que se marchaban.

El sobrecargo, un apuesto joven neozelandés que había estado pendiente todo el rato, asintió con la cabeza y desapareció para comunicárselo al capitán y hacer la reserva para el almuerzo. No le hacía falta preguntar nada. Sabía que Charlie querría desembarcar a las dos y media para comer. La mayoría de las veces prefería almorzar a bordo, pero el ambiente de Saint Tropez resultaba demasiado tentador, y todo personaje medianamente importante iba a comer al Club 55 y a cenar a Spoon.

– El mío que sea un Bloody Mary virgen -dijo Gray sonriendo al camarero. -He pensado que puedo retrasar unos días mi ingreso en rehabilitación.

– Pues el mío que sea picante y fuertecito, y pensándolo bien, de tequila -dijo Adam con una amplia sonrisa, ante lo que Charlie se echó a reír.

– Yo voy a tomar un Bellini -dijo Charlie. Era un combinado de champán y zumo de melocotón, una forma sosegada de empezar un día de libertinaje.

A Charlie le encantaban los habanos y el buen champán, y había una buena provisión de ambos en el barco.

Los tres hombres se relajaron bebiendo en la cubierta mientras se alejaban del puerto, a motor, evitando cuidadosamente las embarcaciones más pequeñas y los barquitos llenos de turistas que contemplaban boquiabiertos el barco y le sacaban fotos.



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