
Se dio cuenta entonces de que las galas solidarias no estaban, después de todo, en el último puesto de su lista. El «puenting» se salía incluso de la página.
– No siempre es así -señaló Romana después de pagar al taxista-. Algunos días son muy aburridos. Aunque no muchos, si puedo evitarlo -añadió sonriendo levemente mientras guardaba la cartera en el bolso.
– ¿Vas a saltar? -preguntó él.
– ¿Te arrepientes de no haber regresado a tu oficina cuando tuviste la oportunidad, hombre-sombra?
– En absoluto -replicó-. Me parece una experiencia muy didáctica, pero me temo que has malinterpretado la palabra «supervisar». Te podías haber ahorrado la molestia de buscarme una sudadera. Sólo estoy de observador.
– Asustado, ¿eh? -dijo ella, retadora.
Niall dejó pasar el comentario. No tenía nada que demostrar.
– ¿Has hecho esto antes? -preguntó él.
– ¿Yo? No, por Dios. Tengo pánico a las alturas -contestó ella.
Por un momento él creyó que era verdad. Romana continuó con una mueca burlona.
– ¿Cómo si no crees que habría conseguido tantos patrocinadores? Mucha gente ha dado bonitas sumas sólo para verme saltar desde ahí arriba.
– Podrías agarrar a tus víctimas y amenazar con arrojarles café encima si no firman un cheque -sugirió él.
Ella correspondió a la broma con una breve inclinación de cabeza.
– Me guardo la idea para el año que viene. Gracias por el consejo.
– No habrá año que viene.
– Bueno, no habrá puenting, pero…
De pronto se dio cuenta que no se refería al puenting, sino a la inminente expulsión de las Claibourne del consejo de administración.
– Pero ya se me ocurrirá algo igual de emocionante -continuó sin titubear-. Si quieres mostrar tu apoyo, aún hay tiempo para que telefonees a tu oficina y consigas algunos patrocinadores tú mismo. Es por una buena causa, y estoy segura de que habrá mucha gente dispuesta a pagar por verte saltar desde una altura de treinta metros con una banda elástica atada al pie.
