Mamá tuvo que llevarla de vuelta a casa para cambiarla de ropa, y tuvo que ponerse un vestido viejo para ir a misa. Bueno, no era exactamente viejo, era uno de los vestidos que habitualmente llevaba a la iglesia, pero no era su precioso vestido nuevo de Pascua. Una de las otras chicas en la iglesia le preguntó por qué no se había puesto un vestido de Pascua, y Jessie se había reído y le había contestado que porque se había caído encima de un montón de boñigas de caballo. Sólo que Jessie no había dicho boñigas, sino que había usado la palabra fea, y algunos chicos lo habían escuchado, y rápidamente se extendió por toda la iglesia que Roanna Davenport había dicho que se había caído en un montón de mierda de caballo.

La cara de la abuela tenía esa expresión de desaprobación, y la tía Gloria frunció la boca como si hubiese mordido un limón. Tía Janet la había mirado y meneado la cabeza. Pero Papá se rió y apretándole el hombro le dijo que un poco de mierda de caballo nunca le había hecho daño a nadie. Además, su Cosita necesitaba algo de fertilizante para crecer.

Papá. El nudo en su pecho creció hasta que apenas pudo respirar. Papá y mamá se habían ido para siempre, así como tía Janet. A Roanna siempre le gustó tía Janet, aunque siempre parecía que estuviese muy triste y no le gustaba demasiado dar abrazos. Aún así, era mucho más amable que tía Gloria.

Tía Janet era la mamá de Jessie. Roanna se preguntaba si a Jessie le dolía tanto el pecho como a ella, si había llorado tanto que sentía como si tuviera tierra en el interior de los parpados. Tal vez. Era difícil saber lo que pensaba Jessie. No creía que mereciera la pena prestarle atención a una mocosa como Roanna; Roanna se lo había oído decir.

Mientras Roanna miraba sin pestañear por la ventana, vio aparecer a Jessie y su primo Webb, como si los hubiese materializado con su mente. Lentamente atravesaban el jardín hacía el enorme y anciano roble, en el que colgaba, de una maciza rama inferior, el columpio.



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