
En aquel momento sonó el timbre de la puerta. Bram echó un último vistazo a las fotos. Era cierto que Flora no parecía precisamente Eva, pero era muy posible que se abriera como una flor al sol si alguien le prestaba un poco de atención. No pensaba cerrar los ojos: la estaría observando cada minuto del día.
Tomó su bolso de viaje, en el que llevaba el pasaporte y todo lo necesario para un largo vuelo, y fue a abrir.
– ¿Señor Gifford? Su coche lo está esperando.
Flora Claibourne apenas apartó la mirada de las notas que estaba leyendo cuando Bram se reunió con ella en la limusina que iba a llevarlos al aeropuerto. Se limitó a saludar con la cabeza y a decir:
– Siento llevármelo a rastras de este modo, señor Gifford. Espero no haberle causado demasiadas molestias.
Vestía un traje pantalón arrugado de un color indescriptible y apagado. Su pelo parecía un nido de pájaros, sujeto a base de horquillas y peinetas. Bram pensó que, aunque lo hubiera hecho a propósito, no habría podido parecer menos atractiva. Sonrió.
– Llámame Bram, por favor -dijo-. Y no hace falta que te disculpes. Prefiero pasar un par de semanas en una isla tropical que en unos grandes almacenes.
– El propósito de todo esto es demostrar lo que hace falta para dirigir unos grandes almacenes -replicó Flora, sin molestarse en sonreír.
Quisquillosa además de poco agraciada, pensó Bram. No le gustaban las mujeres que no se esforzaban en parecer atractivas y retaban a los hombres a buscar su belleza interior. Pues tenía noticias para ella: el hombre medio no estaba interesado en la belleza interior. Pero su misión no incluía decirle aquello. Lo único que debía hacer era averiguar qué tramaban las hermanas Claibourne respecto al futuro de los grandes almacenes.
No creía que los halagos fueran a funcionar con ella, de manera que dijo:
– Si ése fuera el caso, ambos estaríamos perdiendo el tiempo. Tú apenas sabes nada al respecto y, ya que yo soy abogado, y no un dependiente, no estoy especialmente interesado en el tema.
