
– No seas tonta. No hay una sola chica que pueda conocerlo sin enamorarse perdidamente de él. Para eso están en el mundo los hombres como Bram Gifford -su madre tenía toda una colección de ellos. Flora hizo una mueca para que India supiera que estaba bromeando.
Al darse cuenta de que había ganado, India sonrió, aliviada.
– Tengo la sensación de que conocerte va a ser una experiencia única para él.
Bram hojeó el grueso informe con recortes de prensa que de un modo u otro tenían que ver con Flora Claibourne. Pertenecía a una familia cuyos amores y vidas siempre habían provisto de abundante material a la prensa sensacionalista. Sin embargo, y a diferencia de su madre, apenas había informes sobre ella a ese respecto.
La segunda esposa de Peter Claibourne había sido modelo. Alta y bellísima, no permaneció con Claibourne mucho tiempo. De hecho, no había permanecido mucho tiempo con ningún hombre. Debía tener ya unos cincuenta años, aunque gracias a la cirugía estética no parecía mucho mayor que su propia hija. Tal vez ése era el motivo de que apenas se las viera juntas. El mito de la eterna juventud no sobreviviría a la comparación, y dado que el último marido de la madre de Flora era bastante más joven que su esposa, esa ilusión era una necesidad.
Y Flora también debía preferir que las cosas fueran así. Debía resultar duro ser comparada con su madre y salir perdiendo en la comparación.
En las pocas ocasiones en que se había visto obligada a vestir de largo y a maquillarse había parecido incómoda y desesperada por escapar y volver a la seguridad de sus libros. Contemplando algunas de sus fotos, Bram decidió que parecía una virgen que no supiera muy bien para qué servía su cuerpo.
¿Sería tan inocente como aparentaba? No parecía probable. Ya tenía veintiséis, así que debía haber algo más.
