Como su sonrisa no parecía haber impresionado demasiado a Flora, Bram decidió intentarlo con la franqueza…, aunque lo cierto era que no estaba siendo totalmente sincero. En realidad, lo que le interesaba era echar a las Claibourne y devolver el control a los Farraday con el menor alboroto posible. Legalmente, por supuesto.

– Al menos así estaré malgastando mi tiempo al sol.

Flora volvió a mirarlo sin alzar la cabeza, de reojo, alzando unas pestañas sin rímel, pero largas y lo suficientemente oscuras sin él. En cualquier otra mujer, Bram habría interpretado el gesto como el inicio de un flirteo, pero Flora parecía totalmente ajena al efecto que su mirada podía producir. O tal vez era más lista de lo que había pensado. Debía haber aprendido algo de su madre, aunque sólo hubiera sido por osmosis.

– ¿Has traído botas adecuadas para caminar por el monte? -preguntó Flora.

Bram decidió que no era consciente del efecto de su mirada.

– ¿Debería haberlo hecho?

Flora se encogió de hombros, como si le diera igual.

– Tengo planeado un viaje al interior. Podría resultar bastante duro. Aunque, por supuesto, no tienes por qué acompañarme -alzó una mano y empujó con firmeza una peineta en el nido de pájaros de su pelo-. Estoy segura de que preferirás quedarte en la playa.

– Al contrario, señorita Claibourne; me interesa todo lo que vayas a hacer y estoy dispuesto a acompañarte donde haga falta.

Flora lo miró con expresión escéptica y volvió a concentrarse en los papeles que estaba revisando, sugiriendo sin palabras que eran mucho más interesantes que lo que tuviera que decir Bram.

En el caso de cualquier otra mujer, este habría asumido que todo formaba parte de un juego y se habría divertido, pero estaba claro que Flora Claibourne no jugaba a aquella clase de juegos. Le daba lo mismo.



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