
Flora quería ponerse difícil. Quería gritar, dar patadas y tirar cosas, como solía hacer su madre cuando no conseguía lo que deseaba. Pero sabiendo por experiencia lo poco atractiva que resultaba aquella actitud, se contuvo. Aunque no renunció.
– Voy a Saraminda a investigar un antiguo enterramiento de una princesa, a sacar unas fotos y escribir sobre ella, India; y a Bram Gifford no le va a hacer ninguna gracia descubrir que mi viaje no tiene nada que ver con el negocio.
– Tendrás que convencerlo de que sí tiene que ver. Dile que estás trabajando en la colección del próximo año. Si se pone pesado, pídele consejo sobre los mejores encuadres de la cámara. Los hombres no resisten la oportunidad de mostrar su superioridad. Sobre todo los hombres Farraday -añadió India con sentimiento-. Sólo necesito que tengas a Bram Gifford ocupado mientras nuestros abogados elaboran una estrategia para mantener alejados a los Farraday. No es mucho pedir…, a menos que quieras que ellos se hagan con el poder.
A Flora le daba lo mismo quién se hiciera con el poder, pero no podía decirlo.
– Lo último que quiero -añadió India- es que se quede por aquí, husmeando en la tienda, metiéndose en cosas que no le atañen. Y eso es lo que hará si se queda aquí.
Flora pensaba que, como poseedor del cuarenta y nueve por ciento de las acciones, Abraham Farraday Gifford tenía derecho a hacer preguntas difíciles. Pero ya que parte del acuerdo consistía en que la familia que estuviera al mando podía dirigir el negocio sin interferencias, no se molestó en decir nada.
– ¿Ha habido algún progreso con los abogados? -preguntó, esperanzada.
– El hecho de que el acuerdo establezca que el control de la empresa debe pasar al «heredero varón mayor» ofrece ciertas posibilidades en el terreno de la discriminación sexual, pero eso no va contener a Jordan Farraday por mucho tiempo. Es mayor que yo, así que puede pasar por alto la parte de «varón» sin mayores problemas.
