– Hasta que vuelvan de su luna de miel no sabremos quién ha neutralizado a quién -dijo India-. Te necesito, Flora. Te necesito de verdad.

Que su hermana admitiera que necesitaba a alguien era una auténtica primicia: India siempre había sido autosuficiente. Pero Flora tenía sus propios problemas.

– Pero no entiendo qué puedo hacer. Voy a estar trabajando en el museo la mayor parte del tiempo, y cuando no esté allí, tendré que viajar al interior para ver las excavaciones. Será un lugar en el que apenas habrá comodidades y que no tiene nada que ver con la empresa -dijo, con la esperanza de que, si lo repetía el suficiente número de veces, India acabara por comprenderlo.

– Bram Gifford no tiene por qué saber eso.

– ¡Oh, vamos! Es un Farraday. No será tan fácil engañarlo.

– En ese caso, ni te molestes en intentarlo. El tesoro de Tutankamon inspiró tu colección egipcia. Con un poco de suerte, la «princesa perdida» podría servirte también de inspiración. Tú limítate a darnos algo sobre lo que podamos trabajar. Y al señor Gifford no le vendrá mal esforzarse en seguirte los pasos por la selva tropical.

– ¿Y qué me dices de mí?

– Ni siquiera notarás la molestia -India sonrió-. No será tan malo, Flora. He investigado un poco por mi cuenta y te aseguro que Bram Gifford encabeza la lista de deseos de cualquier chica.

– No la mía -dijo Flora con firmeza. Había visto fotos de Bram Gifford en la revista Celebrity. Era un hombretón que rezumaba abundancia y poder, con una interminable sucesión de bellas mujeres colgando de su brazo.

Su madre lo adoraría.

– No estoy sugiriendo nada serio, pero no vendría mal que coquetearas un poco con él. Pero, hagas lo que hagas, no se te ocurra enamorarte.

Flora pensó que la advertencia era completamente innecesaria. Si Bram Gifford iba a pisarle los talones durante todo un mes, la situación ya iba a ser lo suficientemente mala como para además hacer el ridículo de aquella manera. Con una vez ya había tenido suficiente. Pero no dijo nada de eso.



8 из 115