En aquel momento, la puerta se abrió, trayendo consigo una ráfaga de aire frío, y por ella entraron dos nuevos parroquianos. Los ojos de todos los policías presentes se vaciaron de expresión, y la tensión subió un par de grados más. El colectivo policial se ponía en guardia contra los intrusos.

– El hombre de moda -murmuró Elwood cuando la gente reconoció a uno de los recién llegados y empezaba a vitorearlo-. Ha venido a codearse con el populacho antes de su ascensión celestial.

Kovac guardó silencio. Ace Wyatt se había detenido junto a la puerta, enfundado en un abrigo cruzado de pelo de camello y con aspecto de capitán América, amo de cuanto se extendía a sus pies. Mandíbula cuadrada, sonrisa deslumbrante, peinado de puto presentador de televisión… Con toda probabilidad daba a su peluquero diez dólares de propina para que la ayudante le hiciera una mamada.

– ¿Creéis que va maquillado? -preguntó Tippen entre dientes-. Se rumorea que lleva las pestañas teñidas.

– Es lo que pasa cuando vas a Hollywood -sentenció Elwood.

– Pues a mí no me importaría sufrir semejante humillación a cambio -terció Liska con sarcasmo-. ¿Sabéis cuánta pasta gana en ese programa?

Tippen dio otra larga chupada al cigarrillo y exhaló el humo. Kovac observó al capitán Ace Wyatt por entre la humareda. Habían trabajado en la misma brigada durante una temporada que se le antojaba muy lejana, cuando acababa de dejar la sección de Atracos para pasar a Homicidios. Wyatt era ya a la sazón el pez gordo, una leyenda que pretendía convertirse en una verdadera estrella. Había cosechado grandes éxitos en el departamento y por fin había aterrizado en la televisión, aunque sin abandonar el puesto de capitán del Departamento de Investigación Criminal mientras protagonizaba una versión a la Minneapolis de Los más buscados de América con toques de infocomercial. El programa, llamado La hora del crimen, estaba a punto de venderse a la televisión nacional.



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