– Detesto a este tío -proclamó.

Cogió el vaso de Jack Daniel's que tenía prohibido mezclar con los analgésicos y apuró su contenido.

– ¿Estás celoso? -lo pinchó Liska.

– ¿De qué? ¿Del hecho de que es un capullo?

– No te subestimes, Kojak, tú eres tan capullo como el que más.

Kovac emitió un gruñido gutural, deseando de repente estar en cualquier otro lugar del mundo. ¿Por qué narices había ido al pub? Estaba al borde de la conmoción cerebral, una excusa perfecta para escurrir el bulto y largarse a casa. Claro que nada lo esperaba en casa… una casa vacía con un acuario vacío en el salón. Todos los peces habían muerto de inanición cuando trabajaba más de setenta horas semanales en su intento de resolver el caso del Incinerador, y nunca se había molestado en reemplazarlos.

Asistir a una fiesta en honor de Ace Wyatt era prueba de un masoquismo mayor que el de cualquier mujer que hubiera salido con Tippen. En cuanto el séquito de Wyatt se alejara de la puerta, podía abrirse paso entre la muchedumbre y salir sin llamar la atención. Podía ir a ese bar que siempre estaba lleno de policías de la Quinta. A esos se les daba un ardite Ace Wyatt.

En el momento en que tomaba la decisión, Wyatt lo divisó entre el gentío y se dirigió hacia él con una sonrisa deslumbrante y un cuarteto de paniaguados pisándole los talones. Se abrió paso entre los asistentes estrechando manos y rozando hombros como si fuera el Papa repartiendo bendiciones prefabricadas.

– ¡Vaya, Kojak, viejo guerrero! -gritó para hacerse oír por encima del estruendo antes de estrechar la mano de Sam con extrema firmeza.

Kovak se levantó, y el suelo pareció vacilar bajo sus pies, tal vez por los efectos de su encontronazo con el estante o por la mezcla de analgésicos y alcohol. Con toda seguridad, no se debía a la emoción de acaparar la atención de Wyatt. Maldito cabrón, mira que llamarlo Kojak. Sam odiaba ese mote, y la gente que lo conocía bien solía usarlo para cabrearle.



11 из 388